Emilia nos habla sobre ella: “Empecé de manera autodidacta, copiando impresionistas. Sobre el año 96, en Madrid, comencé a asistir a varios cursos de pintura. Desde entonces no he dejado de pintar, aunque he tenido temporadas de pintar más y otras menos -compaginarlo con la familia no siempre es tarea fácil-.

Desde hace unos diez años, me dedico de manera más profesional. En este tiempo, he depurado mi técnica a espátula y trabajo en paisajes mayoritariamente imaginarios; no son un determinado lugar ni una determinada especie.



Los árboles me hacen reflexionar, me invitan a perderme en su contemplación así como en el paisaje que les rodea. Me gusta pensar que la mayoría están ahí desde antes de que yo naciera y seguirán después de mí, como una especie de naturaleza inmortal.

Por ello, paradójicamente, en mis obras intento plasmar lo efímero del tiempo; la profundidad como un infinito incierto que se intuye…



Por eso me gusta dejar zonas del lienzo sin pintura. Como dejando ver el alma del cuadro. Mientras que en los primeros planos trabajo texturas con mucha pintura, con espátula: el aquí…el ahora… Este preciso momento. Ahí radica la fuerza de mis obras, la determinación. Intento que mis obras inviten al deseo de descubrir el paisaje. Para mí, son un grito a la alegría de vivir, a querer disfrutar al máximo de lo que la naturaleza -como la vida- nos ofrece.



Trabajo tanto con óleo como con acrílico, aunque últimamente trabajo más con el último, ya que mi pintura es rápida y me es más cómodo.

Me inspira la vida, la luz, la naturaleza, los colores. El conocer, el descubrir, el inventar, el experimentar. Aprender y equivocarme. En definitiva, me inspira vivir”.


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